Suena el despertador, 8:05 de la mañana. — Joder, un día más que amanecí vivo — pienso como cada mañana mientras lo busco a ciegas en la oscuridad de mi habitación. Rasco cinco minutos al reloj mirando el móvil mientras mi cuerpo aún se hace la idea de que tiene que abandonar el confort que mi cama le proporciona. Me levanto de la misma y procedo a vestirme; — Por qué tiene que estar tan fría la ropa. Con lo calentito que estaba en la cama — maldigo en mi cabeza. Voy a la cocina, le doy un beso a mi madre (despierta desde muy temprano debido a sus obligaciones laborales telemáticas), por haberme dejado un poco de café, y me lo tomo mientras miro a través de la ventana y pienso en el día que me queda por delante.
Cojo mis cosas y bajo al coche. Lo arranco, enciendo Spotify con la misma playlist de siempre y pongo rumbo hacia mi lugar de trabajo. La carretera está vacía menos por algún coche de la policía que ronda patrullando. Las nueve en punto; aparco, entro al edificio, saludo a mis compañeros que, como yo, han tenido la "suerte" de tener que trabajar en esta situación, y me siento en la mesa de mi austera y solitaria sala de rehabilitación. Paso las siguientes cuatro horas y media mirando la pantalla de mi ordenador portátil, rellenando informes, contestando whatsapps de pacientes, llamando por teléfono y pensando en lo maravilloso que es estar sentado tanto tiempo en una silla sintiendo como mi cuerpo, curtido en cientas de horas de trabajo fisioterapéutico, se atrofia; Si me dicen allá por el 2018, cuando terminé la carrera, que un día tendría que vivir mi profesión de esta forma, la carcajada habría sido de todo menos pequeña. La fisioterapia no ha vivido tiempos tan "gloriosos" como este en la historia.
13:30; parece que nunca llegaría esta hora, da la sensación de que el tiempo no avanza entre estas paredes. Llevo solo dos días así, y si no fuera por el paseo en el coche escuchando música y respirando aire fresco, preferiría no tener que venir y quedarme encerrado sin poder salir. — Déjate de gilipolleces y tira pa'casa, que me muero de hambre — me reclaman tanto mi cerebro como mi estómago. Cierro el portátil, recojo todas mis cosas y me encamino hacia el coche; y posteriormente, a mi hogar.
14:00; ya estoy en casa. Me quito los guantes y mascarilla, me lavo las manos y procedo a desinfectar mi mochila y ropa para luego colgarlas en el tendedero a que el aire las ventile. — Vamos a comer ya, estoy que me caigo del hambre — le ruego a mi madre. Me siento a la mesa y engullo todo lo que encuentro ante mis ojos como si no hubiera comido en un mes. Una vez saciada mi hambre, ayudo a fregar y recoger la mesa para, finalmente, acabar en mi cuarto.
15:00; comienza la tarde. La paso entera encerrado, matando el tiempo con cualquier cosa capaz de mantener mi mente distraída hasta la hora de cenar: jugar al ordenador; hablar por videollamada con amigos; leer un libro; ver una serie; escribiendo cosas y textos que nunca verán la luz (quien sabe si este es uno de ellos); haciendo ejercicio; pasando apuntes a limpio o tragándome alguno de los numerosos webinar y charlas de fisioterapia, y no solo de fisioterapia, que abundan tanto estos días debido al confinamiento; O, simplemente, sentándome en el suelo de mi habitación, viendo pasar las horas muertas mirando a la nada mientras escucho música y admiro la soledad y melancolía que me inunda la mayoría de días desde hace casi dos meses.
21:30; hora de cenar en casa. Yo, acostumbrado aún a mi horario preconfinamiento de cenar sobre las once o doce de la noche, me acerco a la cocina y le digo a mi madre que cenaré más tarde, que no se preocupe, que me conformo con cualquier cosa que haya en la nevera o que ella haya querido preparar, aunque me lo coma frío (no poder calentarte la comida rápidamente y sin ensuciar, una de las desventajas de que tu microondas haya decidido morir en medio de la mayor pandemia desde la gripe española a principios del siglo XX).
Las 23:00, ahora sí es la hora de cenar. Voy a la cocina de nuevo, satisfago mi estómago con lo primero que pillo y vuelvo al cuarto. — Hoy me acuesto temprano, que mañana sino estoy que me muero de sueño todo el día — pienso como todas las noches. Ingenuo de mi creyendo que eso fuera a ocurrir.
Pasan las horas, dan las tres de la mañana y otra vez se me ha ido el tiempo entre una cosa y otra. Será mejor que me meta ya en la cama. Escucho música mientras termino de mirar en el móvil lo que me he perdido en redes sociales durante el tiempo en el que mi atención estaba a otra cosa. Acabo de revisar todo, me quito los auriculares, cierro los ojos e intento dormir.
3:30; la cabeza me da vueltas. Los mismos pensamientos y miedos de casi todas las noches inundan mi mente: ¿cuándo acabará todo esto? ¿por qué me siento así? ¿cuándo volverá todo a la normalidad que conocíamos? ¿qué será de mi vida cuando eso ocurra? ¿qué será de mi trabajo, cuándo podré volver a disfrutar de verdad de él? ¿por qué los días pasan tan lentos y se notan tan vacíos? ¿por qué nada llena el agujero que siento en el pecho? No entiendo qué clase de ser malévolo habita en mi interior, para tener que dejar todo esto a última hora, ¿acaso no se ha enterado aún de que tengo que madrugar?
4:00; comienzo a tranquilizarme. La sensación de malestar y las dudas empiezan a disminuir, y, poco a poco, van abandonando mi cabeza. "Mi yo" ha dado su travesura por terminada; se sienta al lado de mi cama y, por fin, me deja descansar. Aun así, hay tiempo para algo más. Empiezan a llegar imágenes a mi cabeza. No son sueños, pero se sienten como tal. Ese cosquilleo en el estómago y recuerdos de cuando la vida era un poco menos fea y triste. Momentos que me gustaría volver a disfrutar y sentir con cada uno de mis cinco sentidos cuando todo esto acabe.
4:30; mi mente al fin está en paz. Ya puedo cerrar los ojos e intentar descansar. Un último pensamiento llega a mi mente; siento como me acaricia suavemente el pelo. Unas lagrimillas se escapan y recorren la comisura de mis párpados para finalmente morir en la profundidad de mis ojeras. — Echo tantas cosas en falta — pienso a la vez que suspiro por última vez en la noche y, por fin, caigo en los brazos de Morfeo.
Suena el despertador, 8:05 de la mañana. Otra vez vuelta a empezar. Hoy será otro día, distinto, pero igual a su vez. Un día más y un día menos.
