lunes, 6 de abril de 2020

Érase una vuelta a un blog y una salvación propia.

Seis de abril de 2020. Enciendo mi ordenador como todos los días. Pongo Spotify, abro Google Chrome y, quien sabe por qué, me percato de una cosa; un marcador de Internet, un blog, el cual siempre ha estado ahí pero desapercibido. "Hostia ¿y esto?" digo para mi mismo; fecha de creación del blog: enero de 2012. "Joder, ¿tan mal estaba ya por esa época para tener un sitio donde compartir mi mierda mental?"

Empiezo a revisarlo y a leerlo de arriba a abajo. Me encuentro con letras de canciones, fragmentos de libros y poesías que leí en su día, imágenes psicodélicas, que a saber qué se me pasaba por la cabeza el día que las colgué, y antiguos textos redactados por mi cuestionándome muchos aspectos de la vida; Fecha de la última entrada: veintitrés de abril de 2016; No recuerdo el hecho que me hizo dejar de escribir, supongo que falta de inspiración, dejadez o puede que decidiera que lo que viviera en mi mente, no debía salir de ahí.

Conservo algunas de las entradas con una captura de pantalla y decido borrarlo todo. De las cenizas renacerá algo nuevo. Así que, aquí estoy. Han tenido que pasar cerca de 4 años y que lleve encerrado en casa 24 días por una pandemia mundial para poder recuperar mis ganas de escribir. Curioso cuanto menos.

Aún sigo dándole vueltas a por qué hoy, tras tanto tiempo, he decido percatarme de que este blog existía y me ha apetecido volver a escribir. Quizás sean las ganas de poder compartir lo que se me pasa por la cabeza tras tantos días confinado, liberar un poco mi mente. Quizás sean las ganas de salvarme de mi mismo. 

Cuando todo esto de la cuarentena comenzó, estaba muy confiado en que lo llevaría bien, que solo era estar encerrado en casa y que aburrirse sería imposible con tantas cosas para entretenerme. Pero van pasando los días y te das cuenta que por muchas cosas que ocupen y distraigan tu mente, nada termina de saciarte. Que lo único que quieres es volver a esas pequeñas cosas de la vida que creías que nunca echarías de menos porque pensabas que nunca te iban a faltar.

Echas de menos salir a la calle, respirar aire fresco. Tener un horario normal y no acostarte a las seis de la mañana. Ir a entrenar, a trabajar, ver a tus pacientes y compañeros. Almorzar o merendar en casa de tu abuela. Salir a tomarte una cerveza con tus amigos, reír a carcajadas de las gilipolleces que se os ocurren. Una vuelta de la playa. Quedarte hasta las tantas escuchando música en el coche. Las caricias y abrazos de quien ahora no está. Ver una puesta de sol. 

Y ahí es cuando tu yo interior decide antes de irte a dormir todas las noches que es buen momento de que recuerdes todas estas cosas que ahora se ven tan lejos y que no sabes cuando volverás a sentirlas. Ese yo interior con el que tienes que convivir y que cada día que pasa se hace más grande. 

Maldito hijo de puta, ¿verdad? Será que no hay horas en el día para que esas memorias inunden tu mente. No, él tiene que hacerlo justo cuando más vulnerable eres, en el momento del día en el que la única compañía son tu almohada y la soledad. ¿Quién te salva de él, quién te salva de ti mismo?

Tras muchas noches de insomnio, he descubierto que el truco está en aprender a vivir con él. Decirle que aceptas su existencia pero que no debería mandar sobre ti. Eres tú mismo quien lo controla y quien debe decidir si dejas que se aparezca al lado de tu cama antes de dormir o no. Habrá veces que lo consigas, otras que no, y aunque de momento vayan ganando estas últimas, no desisto en mi intento de superarle.

Porque al final del día, tú eres el único capaz de salvarte y que tarde o temprano, todo esto pasará y se convertirá en un mal recuerdo... o al menos eso me gusta pensar antes de cerrar los ojos cada noche.